30 diciembre 2005

Alejandro ya no es lo mismo

Alejandro Sánchez Pizarro, a posteriori bautizado artísticamente como Alejandro Sanz, es uno de los mayores talentos musicales que han surgido en España en los últimos años, que ya son quince desde aquel lejano 1991, cuando se publicó su primer álbum, Viviendo Deprisa. Desde entonces, una vorágine de canciones entre románticas y sensacionalistas surgidas de su propia mano –es autor de casi la totalidad de todos sus grandes éxitos- lo catapultaron a la cúspide de los artistas españoles más populares, llegando a ser nuestro cantante más internacional, aún por encima de otros colosos como Enrique Iglesias. Como ejemplo un botón: su cuarto álbum, Más, no sólo es su producto de mayor éxito, sino el disco más vendido de la historia en España. Llegó a estar veinticinco (¡veinticinco!) semanas el nº 1 en ventas. Ahí es nada.

Otros hitos que se le recuerdan es haber logrado colapsar por completo el estadio Vicente Calderón, con el concierto que ofreció poco después de salir a la venta el sucesor de Más, El alma al aire. Algo que solo el británico David Bowie o los incombustibles Rolling Stones se suponía que podían hacer. Aun así, el que considero su mayor logro es el haber grabado un Unplugged, que en español vendría a ser “desenchufado”, así como lo estaban los instrumentos en aquél concierto-gala cortesía de la cadena musical más famosa del mundo, la norteamericana MTV. Y eso solo se le ofrece a los gigantes, como Bon Jovi, Lenny Kravitz o Shakira, sálvense las distancias entre unos y otros. El caso es que ahí estuvo Alejandro ondeando alto nuestra bandera, mayormente porque hasta entonces –y aún hasta nuestros días- ningún artista patrio había grabado un ‘desenchufao’. Obvia citar los numerosísimos premios que ha recibido a lo largo de toda su carrera; así le salen Grammys hasta por las orejas.

Pero lo pasado, pasado está, que se dice. Aunque más nos valdría a los fans de Sanz que no existiera tal dicho, porque desde que publicó su último álbum, No es lo mismo, él no es el mismo. Parece que el título lo hacía presagiar, acompañado de una imagen que para el caso valió más que mil palabras: y es que en la portada del susodicho podíamos observar al madrileño con una copa de no sé qué en mano; yo diría que era whisky, a tenor del tono que mostraba el líquido que contenía el vaso, y a raíz de la teoría que sostengo de que esta bebida le afectara en demasía por aquel entonces. Porque no me cabe en la cabeza que un ídolo que destacaba por su imagen siempre pulcra y elegante, pasara de la noche a la mañana a mostrarse en un videoclip pseudo-rapeando y vistiendo ropa de corte militar, collar plateado inclusive. Y la canción estrella de su álbum, la cual le da nombre, sonaba tan radicalmente distinto a todo lo anterior de Sanz que terminaba por confirmar un cambio evidente a primera vista: a nuestro Alejandro nos lo han cambiado.

Como era previsible en cierto modo, el flujo mayoritario de sus fans montó en cólera ante un cambio de imagen y de aroma musical tan endemoniadamente dispar, e incluso algunos llegaron al extremo de realizar campañas sugiriendo que Alejandro Sanz, digamos, se jubilara antes de tiempo. Personalmente, yo no consideré la situación tan desesperada, pero sí que hubiese preferido que ese tema no hubiera sido más que un paréntesis para denunciar los ritmos callejeros (que era lo que pretendía), y no que viniera a significar el pistoletazo de salida a un nuevo rumbo tomado por el más aclamado artista de entre todos los españoles.

De la más exquisita elegancia al informalismo sin clase, de la perilla clásica y de un rostro bien afeitado a contar meses sin pasarse la cuchilla, de un hombre que se cuidaba en el gimnasio siempre que su apretada agenda se lo permitía a estar sobradito de kilos, los cuales van en aumento progresivamente. Y sin saltarme los tatuajes varios y de pésimo gusto con los que ha decorado su cuerpo, el colmo: en una reciente actuación con Shakira, en la ya mentada MTV, Alejandro lució nuevo look con el pelo teñido de rubio, tal cual de un integrante de la casa de Gran Hermano se tratase. En dicha actuación junto con la hermosa cubana, interpretó su último tema de éxito, La tortura. Reggaeton bueno (comparado con La gasolina es el hit del siglo), pero al fin y al cabo, reggaeton. Recientemente ha anunciado que trabaja en dos nuevos discos. A ver con qué nos sorprende esta vez. Miedo me da.

10 diciembre 2005

Grupo fácil

Eso fue lo que me comentó un amigo, vía sms, tras darse por finalizado el sorteo de los grupos de cara al Mundial que dará comienzo en junio en tierras germanas. Lo suscribo palabra por palabra. Y no solo porque sea un buen amigo, sino porque lleva razón. La flor de Luis, que argumentan algunos, o lo que sea, el destino esta vez ha sido benévolo con España. Todos estamos satisfechos, y confiados; que es lo más lógico y a la par, lo peligroso, me temo.

Porque si el resultado resultante de las manos inocentes de los bombos (gracias, Roger Milla) nos invita al optimismo, el realismo y los precedentes impuestos con la Selección nos guía hacia el lado contrario. Veamos. O analicemos, mejor. Nos enfrentamos contra Túnez, un grupo/comparsa de amigos (sin faltar). Les ganaremos, sí o sí. Frente a Arabia también deberíamos cumplir, por más que los comanden un trío de españoles que como tales, bien conocerán nuestro fútbol y ergo, a Luis. Y en última instancia, he ahí Shevchenko, el gran lastre. Pero por muy bueno que sea el ucraniano, si un equipo formante por once españoles no es capaz de tumbar a un solo futbolista, por muy Balón de Oro que éste sea, apaga y vámonos. O no vayamos siquiera, quedémonos en España de vacaciones y ahorrémonos Alemania.

Si la lógica (mala consejera en el fútbol, por otra parte) no juega en contra, pasaremos a octavos sin ningún problema. Nos cruzaremos con Suiza o Francia. El primero era la selección europea deseable en el sorteo celebrado hoy, débil, y la segunda un coloso en caída libre, al ritmo que marca la ídem de Zidane. Seamos optimistas y soñemos con llegar a los cuartos fácilmente, que no será así, pero si llegamos hay un dato irreversible: que nos veremos las caras con Brasil, porque ellos no fallarán. Tal vez nosotros, pero ellos no. Y, ay amigo, ahí quiero ver yo a mi España. Ese hipotético duelo de titan(¿es?) marcaría un punto de inflexión histórico en la historia de nuestro fútbol y de la Humanidad misma. Con el 99% de posibilidades (que se traducen en cuatro nombres concretos: Ronaldinho, Kaká, Ronaldo, Adriano), perderemos. Pero el fútbol es tremendamente rocambolesco, que me consta a mí y a ti, si es que entiendes del tema. ¿Y si suena la flauta? ¿Y si ganamos? Si Grecia fue campeona de Europa, todo puede pasar en el fútbol.

Semifinales son, a todas luces, palabras mayores. Inalcanzables, tal vez. Pero ¿y si nos plantamos allí? ¿Quién nos asegura que perderemos, con lo tremendamente ilógico que es el fútbol? Me estoy precipitando, pero déjenme. Allí el rival sería Alemania. Porque ellos tampoco fallarán, y en tal caso, no se lo iban a permitir. Estarán, a fin de cuentas. Anfitriones, y con tres Copas del Mundo a sus espaldas, que los hace poderosos. Pero mientras no esté Al Ghandur de por medio yo me quedaré tranquilo, y os comento: no va a estar. Estarán otros hombres de negro que pitarán para fastidiar al barco español, contra viento y marea. Pero uno se tranquiliza al recordar los inmejorables precedentes del egipcio árbitro. ¿Me permiten?: ¡nos cargamos a Alemania! (Yo siempre mantendré que son Ballack y once más, y el del Bayern es un crack porque no hay nadie mejor por aquellos lares. Si me tengo que tragar mis palabras, lo haré. Prometido).

Entre el enorme respeto y la improbabilidad manifiesta a que se de este hecho, casi me da miedo escribir esto. Lo intentaré. Y si llegamos a... a... la final. ¡A la final! ¡¡A la final del Mundial!! Si todo lo demás era a partido único, es decir posible y lotería, el últimisimo escollo, ya agradable de por sí, lo vendría a ser infinitamente más. Es un partido. Solo uno, aunque se nos antoje oceánico por la repercusión que vendría a tener. Estar ahí ya sería el mayor logro de la selección española en toda su historia, porque señores, llegar a la final de un Mundial tiene más mérito que ganar una Eurocopa en casa. Ésta la ganó Grecia, fíjense. Se la llevó Dinamarca yendo de invitada. Y la ganó España. Pero los Mundiales se los reparten los grandes: Brasil, Alemania, Italia, y tal.

¿Y si en la final, pongamos en el minuto 90, con resultado 0-0, Reyes recibe el balón de Del Horno, recorta en vertical y pasa a Raúl, que con su habitual pericia y oportunismo remata y...

Disculpen a este humilde servidor. Ha muerto de gozo y/o exceso de imaginación. De sueños aun se vive, pero también se perece, parece ser.

06 diciembre 2005

MECANO habemus


Voz de ángel, música maravillosa y sobre todo, letras originales, creativas y atrevidas. Un cocktail de virtudes que bien podría definir al grupo español más mítico de todos los tiempos tal vez, impulsores del buen pop en nuestro país allá por la rocambolesca década de los 80; aquel grupo al que, aún después de tantos años, puedes escuchar fácilmente en grandes superficies o en cualquier rinconcito en donde haya una radio y buen gusto por la música: Mecano.

Ana, José, Nacho. La fuerza del destino unió a estos tres viejos amigos y, por suerte para el resto del país (y del mundo, qué demonios), la música se unió a ellos: la mejor música. Miles de anécdotas se podría contar sobre los susodichos, pero no yo, más bien mi padre o el tuyo (o tú mismo si pasas de los treinta), que fueron los afortunados en vivir la época de apogeo del incomparable trío musical.

A nosotros, desgraciadamente “sólo” nos queda su música. Sus canciones tocan temas tan variados y dispares como el año nuevo, la prostitución, a artistas como Eugenio Salvador Dalí, personajes como el Dalai Lama o sencillamente cuentan historias o leyendas; absolutamente geniales, todas. La variedad quedaba impuesta por lo diferente que resultaban ser los estilos musicales de Nacho, un genio desenfrenado que apostaba por temas dinámicos y desenfadados, y José, éste un auténtico superdotado a la hora de componer; hasta tal punto de que su tema ‘Hijo de la luna’ fue interpretado -por petición propia- por la gran (en todos los sentidos) Monserrat Caballé. Ahí es nada.

Pues a todo esto, les comento que vuelve Mecano, si es que alguna vez se fueron; que yo insisto, tengo mis serias dudas. El caso es que si recientemente se puso a la venta el CD "Hoy no me puedo levantar" (en tributo a Mecano, variopintos cantantes interpretaron los temas más míticos del grupo dirijidos por el mismísimo Nacho Cano), ahora y, coincidiendo con las fechas navideñas, se vuelve a poner en venta un disco recopilatorio de "Mecano: Grandes Éxitos", y digo se vuelve porque hace unos años ya salió a la venta un 'Grandes Éxitos', con lo cual éste se supone es una reedición de aquél. Eso sí, la carátula, en limpio y siempre elegante blanco, las novedades que se presupone traerá bajo el brazo y el simple hecho de ser Mecano hacen que la nueva recopilación de éxitos del grupo pop español por antonomasia sea uno de mis fijo-regalos que estarán bajo el árbol el día de reyes.

PD. Lo más impactante es que mientras escribo esto, inconscientemente (palabra), suena en mis altavoces "El peón del rey de negras". Una canción de José que es el colmo de la originalidad y el buen hacer en el terreno de la composición y que, por cierto, vuelve a faltar en esta nueva recopilación de éxitos.

05 diciembre 2005

Entre ojos anda el juego

"El ojo que ves no es ojo porque lo veas, es ojo porque
te ve." (Antonio Machado)

En cristiano: las personas no son personas porque sean igual que tú, son personas por sí mismas. No tienen porqué ser iguales que tú. Eso es lo que le da riqueza al ser humano.

Me parece una de las citas más grandes del andaluz, que no es poco decir cuando digo lo que digo (valga la redundancia). Una frase que debería ser un dogma para toda buena personita que se precie. A veces, en nuestro afán de no sé qué, dejamos de lado a personas que merecen la pena tan solo porque tienen otras costumbres u otros gustos incluso, un caso más grave -si cabe- este último. Valga como ejemplo el botón de las parejas que se creen incompatibles por tener distinta inclinación musical o política. ¡Mande!

Cuando lo verdaderamente genial de la vida es decir que a mí me gusta el pop, a ella la rumba, a mi amigo Antonio el flamenco y a su hermana el reggaeton. Que cada cual seamos distintos, en fin. Entre otras, porque en caso contrario, vaya tostón que vendría a ser ¿no?

The Wind Waker: un Zelda moderno con sabor a clásico


"Si hay un elemento fundamental que distancia a este nuevo Zelda del resto, ese es el mar. Infinito, majestuoso, tan lleno de vida, y en perfecto cell-shading. Realmente es una maravilla esto de navegar, por momentos llegas a disfrutar más que conduciendo, y es impagable la sensación de visualizar una isla lejana en el horizonte y tomar conciencia de que te vas acercando a ella, cada vez queda menos, llegas, dejas el barco y pones pie en tierra. Es maravilloso."

Quién me iba a decir a mí que, después de tantos años, iba a retomar mi partida de aquel inolvidable A Link to the Past. Qué tiempos aquellos, tal vez la nostalgia engrandece a ciertos juegos en tan desmesurada medida que, algunos, no lo merecen. No es el caso de la obra magna de Nintendo en SNES. Tras un dulce paréntesis que supuso la inolvidable epopeya de la Ocarina del Tiempo, y sin olvidarnos de su tocayo enmascarado, Nintendo ha caído en la cuenta de que Zelda no es un juego de corte pseudo-realista, sino un cuento de hadas y castillos, Link no puede ser adulto porque es un niño en sus orígenes y esto es Zelda.

Y es que después de aquella espectacular demo que pudimos admirar en el Space World del 2002 (cuando GameCube aún se encontraba en el útero de mamá Gran N), en la que contemplábamos entre atónitos e incrédulos una imperial batalla entre unos Link y Ganondorf más oscuros y, digamos, adultos que nunca, lo que menos íbamos a esperar era lo que tenemos entre manos con The Wind Waker. La esencia de la saga parecía perderse, pensaban los viejos del lugar. Y, tras esto, hasta el más ingenuo de los mortales esperaba lo que correspondía a lo mostrado: gráficos ultra-realistas como los que hoy día están a la orden. Y va Nintendo y le da la vuelta a la tortilla, que ni Arguiñano. ¡Voilá! Un Link retoño cual Gokuh en GT a base de un cell-shading prodigioso -a años luz del pionero Jet Set Radio y demás-, y unas animaciones prodigiosas. Más Zelda que nunca.

Aplausos con sabor agridulce, amenazas de suicidio, Nintendo a la basura, y tal. (Aunque cabe decir que también se escurrió algún 'Oh my God!' del flipado de turno). Pero los que de verdad conocíamos la saga desde sus inicios, los que sabemos y entendemos lo que es Zelda, estábamos encantados. Y no nos equivocábamos, me consta. Los meses transcurrían y el público mayoritario parece que iba acogiendo en mayor medida a este juego que atraía por su faceta visual, aún no siendo su estilo anime lo más deseable por parte de un considerable sector del respetable. Llovió, y mucho; pero llegó, como todo.

Un 3 de mayo, y además acompañado de dos dantescos -e impagables- regalos: el considerado por muchos la mejor entrega de la saga (o algo más), Ocarina of Time, y el famoso Ura Zelda, aquí Master Quest. La entrega para la 64DD que se quedó en tierras niponas, para los despistados. Pero lo que interesaba era el disco de oro (literalmente): The Wind Waker, la Batuta del Viento. Zelda puro, de oro puro. Su color no engañaba. Primeramente, nada más encender la consola, llama la atención lo preciosista de sus gráficos; nítidos, limpios, sin detenerse demasiado en detalles, pero qué bonito.

Uno toma control de Link en Isla Initia y se percata inmediatamente de que está ante algo realmente grande. Coges los prismáticos y deseas quedarte toda la vida rendido ante el paisaje, quieres seguir degustando de una preciosa película de dibujos animados pero al final, inteligentemente, prefieres seguir jugando, que es lo que toca, o debe de tocar. Cuando te regalan el traje verde correspondiente, ése chico rubio ya es Link, y cuando tomas rumbo en el barco a muchos, y me incluyo, se nos saltó una lagrimita, que lo sé yo. Qué grande, Nintendo.

El desarrollo del juego bebe en generosas cantidades del correspondiente en Ocarina of Time, transcurriendo a caballo entre la aventura y el RPG, con pequeños tintes de este último género como el hablar (por conveniencia) con los personajes que abundan en el juego, o la recolección (obligada) de diversos ítems, ya sean de carácter curativo, armas, o simplemente útiles varios cuyo objetivo es tu sencillo divertimento (especial mención merece la cámara cromográfica, todo un regalo). Las dosis de acción que conceden las incesantes peleas terminan por catalogarlo como un Action-RPG en 3D.

Y como Zelda que es, la mecánica básica durante todo el juego consiste en avanzar entre mazmorra y mazmorra, cuya diferencia respecto a las de entregas anteriores es que ahora los puzzles, aunque bien planteados y diseñados, son más fáciles de resolver. Realmente Nintendo se tomó demasiado en serio esto de darle un toque infantil al juego y menguó el nivel de dificultad del mismo, quizá, en demasía. No se queda uno atascado más de un par de veces durante toda la aventura y, además, en esas contadísimas ocasiones terminas solucionando el papel rápidamente. Es posiblemente, el lastre que determina que TWW no pueda ser considerado una obra maestra a la altura de OoT y AlttP.

Aún con esto, las mazmorras son considerablemente grandes y están cuidadosamente diseñadas, con toda la perfección y el mimo que acostumbra a brindar la legendaria compañía nipona a sus creaciones; y como ya he comentado, los puzzles abundan y son muy ingeniosos, como no se puede esperar otra cosa viniendo de quien de viene. Se trata de Nintendo, sin ánimo de pecar de nintenfan empedernido. Y como es habitual en la saga, para resolverlos y seguir avanzando tendrás que utilizar el elemento adecuado en el sitio que proceda; ya sea la Batuta del Viento, el gancho, o la Hoja Deku, por comentar, refiriéndome a éste último, a uno de los nuevos ítems que podemos conseguir en este juego y que nos sirve para planear con el bueno de Link tal cual de un Deku se tratase.

Pero si hay un elemento fundamental que distancia a este nuevo Zelda del resto, ése es el mar. Infinito, majestuoso, tan lleno de vida, y en perfecto cell-shading. Realmente es una maravilla esto de navegar, por momentos llegas a disfrutar más que conduciendo, y es impagable la sensación de visualizar una isla lejana en el horizonte y tomar conciencia de que te vas acercando a ella, cada vez queda menos, llegas, dejas el barco y pones pie en tierra. Es maravilloso.

Y para conducir (valga la expresión) el barco, vas a necesitar el sustituto natural de la clásica ocarina para la ocasión: la ya mentada Batuta del viento, un fino instrumento con el que podremos -y deberemos- controlar el viento, o mejor dicho, hacer lo propio con la dirección en la que éste ha de dirigirse. Entonces, si has de navegar hacia el norte y el viento va hacia el sur, el barco no avanzará; será ése justamente el momento de hacer manejo de la dulce melodía de nuestra batuta y ordenar al aire que cambie de destino. Por supuesto, esta varita mágica, que es lo que aparenta ser, tiene mil utilidades más, las cuales iremos descubriendo durante el transcurso del juego.

Los combates son tan constantes como sencillos de salvar. Éstos, aunque potenciados gracias a un ligeramente pulido control de cara a afrontar los susodichos -con nuevos movimientos añadidos-, van a ir muy en la línea de los de OoT, entre otras por el genial invento de la mira automática, que sigue ahí, y con la que podrás fijar al enemigo al que encares para que, de esta forma, todos tus movimientos vayan proyectados directamente al adversario u objeto en donde tengas fijado el objetivo. En líneas generales, los enemigos no suelen dar demasiados problemas a la hora de eliminarlos; con el permiso de alguno que otro al que tendrás que hacer frente usando los ya mentados nuevos movimientos que, verdaderamente, son todo un acierto, pues suponen una mejora en lo que a jugabilidad se refiere. Los enemigos finales –que, como siempre, nos esperarán al término de cada mazmorra-, esta vez me temo son menos carismáticos que en capítulos anteriores. Y para no desentonar con la tónica del juego, el procedimiento a aprender para derrocarlos es más sencillo de descubrir; a veces, incluso insultantemente sencillo. Qué has hecho Nintendo, queremos a Volvagia.

Los gráficos son un apartado que, en el caso de este título, más que comentarlos con simples palabras, lo que un servidor tendría que hacer es remitiros a todos al Google (por ejemplo), indicaros que clickéis en Imágenes y busquéis el juego por el que suscribo. Y así contempléis la espectacularidad de las mismas; ¡o mejor aún!, os podría aconsejar que vayáis –con prisas a poder ser- a la tienda más cercana que tengáis a mano, lo compréis, introduzcáis el disco en vuestra coqueta GameCube y hagáis disfrutar un poco a vuestro sentido visual, porque realmente las imágenes no hacen justicia a lo que Nintendo ha creado, que no es una maravilla si nos ponemos a manejar números y tecnicidades absurdas, pues ni el número de polígonos es en ningún caso exagerado, ni las texturas son nada del otro mundo (más bien son normalitas, si nos ponemos rudos); pero amigo, esas animaciones y ese estilo, tan propio, tan 'zéldico' si me permiten, vienen a ser una bonita hecatombe para la vista.

La calidad de los gráficos se debería medir por su diseño artístico y su espíritu de originalidad creativa, no por datos técnicos, que para eso instalas un juego en tu PC y terminamos antes. El mar, el bosque, la isla de Link, esos efectos de luz, esa suavidad en la prodigiosa animación (no me cansaré de alabar la animación de este juego, no en vano se trata de una película de dibujos animados, casi), y bueno, todo. Pero no crean que se trata de dibujo animado de los pies a la cabeza, pues los escenarios están realizados en 3D puro y duro, nada de texturas manipuladas para que parezca una película de anime, eso a lo que llamamos cell-shading y que queda reservado de forma exclusiva para los personajes y los objetos. Y que termina resultando, a la postre, una combinación realmente inteligente y rompedora. Qué bello, Nintendo.

La música es un paréntesis en la grandiosidad de TWW en el sentido de que, en la opinión del que suscribe estas líneas, brilla menos que en títulos anteriores de la saga. Los temas suelen ser de muy aceptable calidad, y de hecho el primero que oirás, concretamente el de Isla Initia, es maravilloso a la par que entrañable hasta decir basta. Pero el caso es que no hay una sola pieza que llegue a destacar sobremanera, descontando a aquella y poco más. Al igual que tampoco hay un solo tema realmente épico, de esos que marcan a un juego como lo pueden ser la magnífica composición que a nuestros oídos deleitaron en Ciudad Reloj (Majora's Mask) o lo que escuchábamos mientras atravesábamos el majestuoso Hyrule Field (Ocarina of Time). Los efectos FX, por su parte, juegan un papel fundamental en este título, y suponen la guinda del pastel para que este Zelda se confirme, definitivamente, como una película de dibujos animados hecha videojuego. Son geniales. Y no, no hay voces, ni falta que hace en un Zelda. No cambies, Nintendo.

En conclusión, y ya acabo, se trata de un juego fácil de masticar y con un marcado aspecto infantil -como un Zelda debe de ser, sin ánimo de marginar a los colosos de 64 bits-, que por su estética que viene a ser un arma de doble filo, puede que eche para atrás a más de un pobre diablo; pero es un título maravilloso, por encima de todo. Y es que la magia de estos cuentos protagonizados por el mítico elfo de Nintendo radica en que, misteriosamente, hay una extraña fuerza que te obliga a seguir jugando en todo momento, el viejo refrán de "una vez lo cojas, no podrás soltarlo" puede que tenga un perfecto sinónimo en la palabra Zelda. Hay tantas cosas por hacer, tanto por ver y tan bonito, tanto por descubrir, que hasta que no salga el siguiente capítulo de la saga (esperen sentados), no podrás dejar de jugar. Qué fácil es dar las gracias: gracias, Nintendo.

¿Operación Triunfo es un producto cultural?

En primera instancia y partiendo de la base de que Operación Triunfo es, en su concepto, un producto de entretenimiento audiovisual, un programa de televisión y, más concretamente, un concurso, la respuesta sería un no bastante obvio. Mas cabría adentrarse con holgura en su ya mentado concepto para analizarlo concienzudamente y replicar con un tanto más de autoridad a la cuestión.

Porque hay concursos y concursos, que van desde la dócil tarea de abrir cajas a vér cuánto (dinero, se entiende) toca, hasta observaciones masivas de jaurías de personajes de distinta índole conviviendo en una pseudo-casa de lujo; pero ojo, que OT sustenta sus bases en la música: no en vano, en el trasfondo, se pretende que los -en un principio- desconocidos participantes lleguen a ser estrellas de la industria musical y si hablamos de música, estamos hablando de cultura. Y entonces, esto puede llevarnos (o no) al engaño.

Sigamos desentrañando el entuerto, pues. ¿Es OT, por el mero hecho de contener música en el producto que se nos ofrece, un ídem de carácter cultural? Se podría llegar a pensar que, por ese simple hecho, sí que lo es. Pero el que en sus ratos libres suela tener tendencia a oír la radio, bien sabrá que los programas contenientes suelen amenizar sus espacios temporales con constantes pinceladas de música; que si un nuevo tema de tal artista, que si un pequeño extracto de una mítica reliquia, y así. Y no por ello nos están ofreciendo cultura musical. Sencillamente aromatizan sus programas con música, que siempre es bienvenida por los oyentes o en su defecto, por sus correspondientes oídos.

Operación Triunfo, como programa de televisión, da comienzo mostrando un amplio escenario, un público, y un rostro que lo va a representar: el del presentador (el carismático Jesús Vázquez en su última edición). El marco luego se completa con la verdadera salsa del cotarro: los ya conocidos popularmente como “triunfitos”, que aspiran a llegar a ser cantantes profesionales tras pasar un nimio pero intenso periodo temporal adiestrándose a base de las enseñanzas de sus variopintos profesores (digo variopintos porque de Antonio Canales a Ángel Llàcer hay un trecho).

De entre algunos de ellos, los concursantes digo, siempre hay contados casos de talento innegable, sirva como ejemplo el incombustible David Bisbal (el triunfador por antonomasia), Miguel Nández, Manuel Carrasco o la reciente Soraya. Ésta última constituye, a todas luces, un caso extremo de conversión a cantante: de azafata de vuelo absolutamente inexperta -según afirma ella misma, jamás había cogido un micrófono- a cantante de masas en dos días.

Lo que habría que plantearse es: ¿durante este proceso que ha seguido la chica, todos asiduos al programa han adquirido cultura? ¿Acaso han aprendido a manejarse con algún instrumento? ¿Se saben ahora, de pé a pá, a todos y cada uno de los músicos que han sobresalido en el mundo de la música desde sus inicios y sus piezas más importantes? ¿Se tiene constancia, tras OT 4, de los hechos más importantes que han marcado la tendencias de la música a lo largo de la historia y hasta nuestros días? ¿Se ha adquirido, en definitiva, nuevos conocimientos musicales?

Indudablemente, no. A lo sumo, nos hemos limitado a contemplar cómo lo adquirían ellos, los triunfitos, tal vez. Cómo convivían, cómo se relacionaban entre ellos, cómo iban pasando los meses y se iban destacando los auténticos talentos, cómo Idaira se entrometía entre ellos según el juicio del jurado... hemos disfrutado -el que lo siguiera, claro- a fin de cuentas, de un programa de televisión como cualquier otro, en el que la música constituía estrictamente una excusa para ofrecernos un ‘reality-show’ como cualquier otro de estos modernos de los que se abusa años ha.

Y, quién sabe, tal vez algún tipo con suerte haya descubierto canciones impopulares o pasadas de moda y de gran calidad, temas que siendo cualitativamente superiores a los que suenan hoy día se desconocen por completo; amén de destapar, a su vez, a cantantes de antaño que, algunos de ellos, puede que estén a años luz de los actuales (y algunos quedan aún más lejos, créanme). Pero eso es ocio, no cultura. Lo que, en definitiva, vendría a ser OT: un concurso de televisión. Ergo, ocio puro y duro. Y, a tenor de las cifras de audiencia que ha cosechado, un negocio redondo para sus productores. Todo sea dicho.

03 diciembre 2005

Raúl González Blanco

No cabe lugar a la existencia de algo más grande que 10 años asentado en la élite, estando siempre ahí, sudando sangre teñida de limpio y pulcro blanco, y desgastándose la piel al máximo en cada partido. Resolviendo cuando peor han estado las cosas y dando la cara. Siempre. En los momentos dulces y en los difíciles, tanto en su club como en la Selección, su Selección. Sintiendo los colores de ésta como nadie. Representando a España y a nuestro orgullo patrio por todo al mundo de la mejor manera posible, entre pase y pase de un torero que se quedó a mitad de camino, por suerte para todos. Bandera y símbolo del mejor club de la historia, siempre respetado y admirado por aficionados y prensa de todo el mundo.

Una vez, Ferguson llegó a decir en una rueda de prensa previa a un Manchester-Real Madrid: "Deberían prohibir la entrada a Inglaterra a Raúl". Y en ése Madrid jugaban grandes futbolistas, como siempre, Raúl ha estado rodeado de figuras desde años ha, eternamente condenadas, de forma irreversible, bajo su sombra. Incluso estos años atrás, en los que Il Real ha llegado a aglomerar al mayor elenco de estrellas mundiales que jamás se haya gustado a presenciar un espectador de fútbol en un equipo. Raulito a la cabeza.

Ha sido Él siempre el más importante, y así se lo han demostrado todos y cada uno de los entrenadores que han tenido el honor y la dicha de de tenerlo entre sus filas. Desde Valdano, su descubridor, pasando por Camacho, ¡tira del carro!, hasta Luis Aragonés, anti-madridista hasta la médula, que nada más llegar le mimó, en sus horas más bajas. "Raúl es importantísimo", razón no le faltaba. Y para muestras el Bernabéu, en cada partido. El sucesor del mítico Buitre no se merece menos. El que mandó callar a todo un Camp Nou en una ocasión.

Y nunca ha sido un súper-clase manejando el esférico, ni en ocasión alguna le vimos hacer exquisitas filigranas porque no destaca en nada, pero vale para todo. Equilibrado, insultantemente regular, y luchador incansable que se lo lleva todo a su paso. Vendría a ser como un Ferrari, y nunca mejor dicho, Fernando. Ha marcado goles de tacón, de cabeza, tras recortar a varios defensas (ése aguanís, antológico), siendo el más listo siempre, un pillo. Sin dejar de sudar nunca la camiseta durante los noventa minutos en diez largos años, en todas las competiciones. Y del carácter ganador personificado sólo puede resultar una cosa: ganar.

Tres Copas de Europa, cuatro Ligas, dos Intercontinentales, una Supercopa de España, una Supercopa de Europa. Máximo goleador del club más grande del mundo, tan sólo a la sombra del gran Alfredo Di Stéfano, y máximo goleador de la Selección. Batiendo todos los récords imaginables, los cuales cambiaría por su gran asignatura pendiente: hacer algo grande con la selección española. Y justamente por eso, por ser español, va a concluir su gloriosa carrera sin ningún gran premio individual bajo el brazo, por el agridulce e involuntario pecado de no llamarse Raulinho.

Aún queda Raúl, por lo menos hasta 2010; aunque a algunos les pese, el gran capitán tiene cuerda para rato. No se le puede restar méritos, de ninguna forma, a un jugador que a sus 27 años es ya un mito, en el mejor club de la historia y en la selección española, y a su vez, irremediablemente, en lo que representa al ámbito internacional futbolístico.

“Él es el Real Madrid hecho persona, simboliza los valores del club con cada partido, con cada acto público, con cada rueda de prensa, con su forma de ser, con su sola presencia.”

02 diciembre 2005

Yo de mayor quiero ser como Andreu

Qué grande, Andreu. Me tildaréis de redundante obseso, y tendréis razón en tal caso, pero no podía pasárseme otra cosa por la cabeza, una y otra vez, nada más terminar de devorar cada uno de los deliciosos artículos del genial humorista que recoge este libro. Lo confieso: no he visto más que un par de veces su programa de sobrenoche, y en sendas ocasiones acabé inclinándome por irme a la cama. Aunque ahora que caigo, ambos programas los vi tumbado en mi cama cómodamente. Qué fallo. El caso es que, tal vez más por mi talante reacio a ver la tele que por otra cosa, Andreu Buenafuente hasta poco pasó totalmente desapercibido para mí, mientras que media España lo idolatraba (y con todas las de la ley, que ahora me consta).

Mi amor-admiración por este peculiar personaje algo rechoncho, con coquetas gafas, que luce, y mirada algo arrogante -dicho todo esto con todo el cariño y el respeto- comenzó a fraguarse una gris tarde en la que paseaba yo por la estrechísima calle Sierpes, en donde habrá unas dos mil tiendas, o poco más. Entre ellas un par de buenas macro-librerías repletas de libros. Y un servidor (yo mismo) que se cruzó con un coqueto librito (pues era de bolsillo) verde con el semblante de Andreu mirándome, y a la vez que me decía "cómprame, sólo valgo 6'80€". Pues vale. Dicho y hecho, proseguí mi paseo por las calles sevillanas, con el librito en el bolso, hasta que se juntaron la noche y las ganas de comer. O de cenar, para ser más exactos.

Y dado que soy el único desdichado en mi residencia -junto con mi compañero de habitación, casualmente- que no dispongo de ordenador, a falta de internet buenos son libros. El del catalán me duró esa misma noche: fue corto, pero intenso. Acidez, originalidad, clase y sinceridad al servicio del buen humor. Humor sano, sin conjeturas. Tuve que rendirme ante tamaño cóctel de virtudes que se recogía a lo largo y ancho de la obra de Andreu, admirador de Gila y Woody Allen y, sobre todo, un humorista sublime. De entre todas sus majestuosas frases despilfarradas por las 158 páginas de las que compone el libro, me quedo con esta: "Parece como si los años avanzaran a trompicones y los festivos cumplieran la función de boyas que nos guían por el océano del eterno y continuo trabajo. Un momento, que me guardo en el ordenador esta última frase. (Ctrl+S. ¡Click!). Ya está, sigamos". Lo dicho: qué grande, Andreu.

01 diciembre 2005

Bienvenidos.

Hola.