24 enero 2006

El periodismo como cuarto poder y su prima la menor


Los medios de comunicación vienen a ser, como dijo no sé quién –pues lo único que sé de esta persona es que era un sabio- el cuarto poder; aunque distanciado considerablemente respecto a los tres primeros, todo sea dicho. Si la Iglesia dice aquí estoy yo debería de intentar ponerse a salvo hasta el mismísimo Jesús, y está claro que Matías Prats duraría lo que un suspiro en un cuadrilátero cara a cara con Benedicto XVI, aun teniendo en cuenta la diferencia de edad entre ambos. Pero si tras el Estado, el Ejército y la Iglesia hubiese una fuerza mayor para influenciar a la sociedad, esa sería –y de hecho, lo es- el periodismo, que lo ejercen los profesionales de los medios de comunicación. Suena bonito y en la práctica lo debe de ser aún más. Sólo hay que pensar en el simple hecho de que nos enteramos de lo que los periodistas quieren que nos enteremos, y esto es una verdad como un templo lo queramos o no. Hágome esta pregunta: ¿Cuál es el motivo primordial por el que Nino Bravo goza de tamaña fama y reputación aquí, allá y donde ustedes quieran? Pues la razón es que no sólo se trata del mayor talento musical que haya surgido en España en toda nuestra historia, sino que además los medios de comunicación, en su día, le concedieron su beneplácito y así lo hicieron constatar, brindándonos con ello al resto de los mortales el privilegio de alimentar nuestro paladar auditivo con su prodigiosa y por siempre incomparable voz. Si en cambio la prensa hubiese mirado con otros ojos a al bueno de Nino, que en paz descanse, pudiera ser que el autor de las celebérrimas 'Libre' y 'Al partir', antaño se fuera a haber dedicado a ganarse buenamente el pan canturreando en bares de poca monta, herejías como ésas habrá habido. Y es que se cuentan por cientos los casos de auténticos genios que no habrán llegado a ninguna parte o en cambio alcanzado lo más alto debido y gracias a la presión ejercida por la prensa o en su defecto, por la falta de apoyo de la misma, respectivamente; y los habrá habido futbolistas, toreros, cantantes; un poco de todo, en fin. (Me ahorraré ejemplos ilustres).

Y ahí, en el engradecimiento de figuras lo valgan o no, entra en juego en buena parte la primita publicidad, considerada, tratada y estudiada como lo que es: una materia totalmente independiente del periodismo, pero que está ligada a su misma rama, familia al fin y al cabo (la de la comunicación, obvia aclarar). No en vano, en buena parte la intención de toda publicidad es informar y lo que la distancia del periodismo mayormente es la intención. La publicidad busca seducir fundamentalmente, hacer a un producto atractivo a través de imágenes o palabras que lo hagan irresistible; vendría a ser como el maquillaje cuando se le aplica a un famoso, así parecen todos tan guapos y tan guapas. Y está más que visto y demostrado que una buena campaña de publicidad obra milagros de dimensiones dantescas. Y si no, que a mí me expliquen cómo narices está tan profundamente implantado el consumo de una bebida tan sumamente desagradable al paladar como es la Coca-Cola. Supongo que éste es un mal ejemplo si me refiero estrictamente al consumo de la bebida en sí, pero ¿por qué todo el mundo compra Coca-Cola? O mejor aún: ¿Por qué le llamamos a una bebida que se llama cola –a secas- Coca-Cola? Pues básicamente porque nos topamos con el logotipo y/o nombre de la marca hasta en la sopa: en cines, en carteles, en películas a modo de publicidad subliminal, e incluso una vez -para hacer literal el ejemplo- creo que me encontré el nombre de Coca-Cola en una sopa de letras; aunque pudiera ser que entre tanto caldo haber ido sacando con la cuchara, una por una, las letras hasta llegar a formar C-o-c-a-C-o-l-a fuera tan sólo una simple casualidad.