19 febrero 2006

La Monarquía

«Es una de las cosas más consolidadas, más sólidas y más útiles para la convivencia como país y para la proyección de España, de manera singular por la impronta que le ha dado el Rey Juan Carlos I. Como presidente del Gobierno, valoro altísimamente su función como Jefe del Estado»


JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ ZAPATERO (19-II-06)

17 febrero 2006

Hazte autómata y cierra la puerta con llave

No iba yo a equipararme a Colón y descubrir América afirmando que el mundo está hecho una mierda. Tan sólo hay que echar un raudo vistazo a los informativos para presenciar estallidos de bombas, disparos a tutiplén, violaciones, trifulcas de todo tipos y colores, flores carmesí brotando sin cesar. Si es que somos unos animales, con todo el respeto a perros, gatos, leones, tiburones y diversa fauna considerada peligrosa y que en la práctica no nos llegan ni a la suela del zapato. Somos devotos de la violencia, incluso los que no la practicamos, que bien nos quedamos ensimismados contemplando las escenas de marras aun con entusiasmo. Nos produce morbo, como buenos zascandiles que somos.

Así es la sociedad de hoy día, y también la de ayer y anteayer, y la venidera, por los siglos de los siglos. Es lo que hay. Pero como en todo, lo que manda es la moda. Y la última tendencia viene de la mano de las emergentes bandas latinas, individuos deleznables que emigran de países suramericanos a España y se dedican a delinquir a diestro y siniestro, a reunirse en sectas y cometer atrocidades. Como si no tuviéramos bastante con lo nuestro, como si no hubiera en España de sobras con lo que ya había, encima nos llega dosis extra del extranjero. Ocurre que, además, estos tipos tan entrañables son originales a la hora de llevar a cabo sus fechorías, la leche. Al uso, para cometer un asesinato siempre se empuñó un arma blanca y a ver dónde se acierta, hoy en día no. Ahora hay variantes nuevas, e incluso reciben nombre. Verbigracia, y sólo una, por no hurgar en la llaga de los más sensibles: La sonrisa del payaso consiste en sostener a la victima agarrada e inoperante y rajarle los mofletes, tomando como punto de referencia los dos extremos laterales de la boca; así al llegar a las orejas, la cara desfigurada por los enormes cortes termina reflejando el rostro de un payaso, por eso de que a la victima en cuestión le queda una amplia sonrisa definida por la trayectoria del puñal.

Bien es cierto que, como muchos defienden, todo esto apesta a leyenda urbana, pero ¿y si fuera cierto? Tal vez seamos algunos los que no queremos mirar y rendirnos a la evidencia, y giramos la cabeza hacia otro lado; el caso es que cuando el río suena, agua lleva. El hecho de que existen bandas de delincuentes latinos, los llamados Latin Kings, es una realidad. Así que hay claros indicios de que todo esto pudiera no tratarse de una quimera. Además, como supongo que todos tendrán constancia, hace unas semanas salió a la venta un libro titulado Reyes Latinos -traducción literal al español del nombre de la banda-, en el que su autor, Ángel Moya, nos descubre los secretos de susodichas sectas, y en primera persona: para escribir este libro, entró a formar parte de este clan a modo de infiltrado. Por suerte, salió con vida para dar a conocer sus más rígidas leyes internas, sus entresijos, su propia ‘Constitución’. Una vorágine de despropósitos. Se me antoja como una lectura cuanto menos interesante.

Dejando ya de lado a los amigos latinos, si me permiten entraré en valoraciones de corte meramente personal. A mí me resbala toda la mierda (humana) que haya en la calle, que la hay en abundancia, y no sólo suramericanos y gitanos como ejemplifica el populacho, sino de todo tipo. Y es que si uno se detiene a pensar, le recomendaría al prójimo: no vayas al País Vasco y piérdete de vista esa bonita tierra, no fuera a ser que a ETA le diera por hacer explosionar una bomba y te toque sufrir la explosión. No vayas, de hecho, a ninguna parte: puedes tener un accidente de coche, tren, avión, etcétera (será por vehículos). Es más: ni siquiera salgas de casa, ¡con la de obras que hay! ¿Y si en pleno paseo, mientras caminas sosegadamente te cae un ladrillo en la cabeza y te la abre? Y encima, los Latin King y cía. Tócate los redaños. Lo mejor casi sería encerrarte en tu cuarto y con llave, a poder ser. Eso sí, quédate rezando, no vaya a ser que se te desplome el techo encima, y ya la hemos liado.

16 febrero 2006

Don Artús de Pérez y de Reverte

Don Arturo Pérez-Reverte, al que convengo llamarle así no por sus incipientes canas sino por el respeto que merece por tratarse de una de las grandes figuras literarias en España, académico, contramaestre, persona de generosa y espléndida memoria histórica, amén de haber sido durante algo más de un decenio corresponsal de variopintos conflictos bélicos. Figuras así de ensalzables quedaran pocas y surgen con cuentagotas, razón por la que se trata de una de las más admiradas del país aun siendo conocido de sobras su afán por resultar ofensivo, como así lo reconoce abiertamente en su libro de artículos Con ánimo de ofender, título que refleja con precisión buena parte de su personalidad, así como lo que una vez comentó un lector de El Semanal en una carta: “Nadie escribe así en los periódicos en España y me sorprende que se lo permitan”.

Desencantado con el mundo y con su país en general y con la raza humana y sus ministros en particular, y de corazón congelado tras haber vivido in situ varias guerras (entre ellas la habida en Sarajevo), el padre de El Capitán Alatriste tiende a despotricar a base de hirientes palabras de todo aquello que considera denunciable; y asimismo no le tiembla el pulso en momento alguno a la hora de incluir vocabulario acaso harto obsceno en sus artículos, algo que conociéndome como me conozco, diría yo que fue razón primera por que me enamoré literariamente de don Arturo. Y es que uno siempre ha estado al servicio de la idea de llamar cada cosa por su nombre. Y si un individuo se merece que lo llamen hijo de puta, así ha de ser.

De esta forma, Pérez-Reverte consigue sobradamente cumplir con el objetivo de todo articulista de opinión que se precie, que no es otro que zarandear la emoción y arraigar la reflexión de sus lectores, y no han podido ser más intensos los sentimientos con que me he encontrado leyéndole; los impulsos que he tenido de aplaudirle en mil ocasiones, y empero otras veces de sacudirle. Y por eso se me antoja tal vez, y disculpen por la osadía, como el mejor columnista habido desde el venerable Mariano José de Larra. Salvando las distancias entre ambos genios, Arturo, más allá de sobresalir en lo literario, ha dejado su inconfundible sello. Ha marcado la diferencia, se ha desmarcado de todo lo habido hasta el día de hoy. Y eso es lo que vanagloria a los más grandes.

Característica suya la de ser un malhablado, los hay que aún se preguntan cómo un tipo así de deleznable en ocasiones habrá llegado a formar parte de la Real Academia Española de la Lengua (RAE). Lógicamente esto habrá de haber sido un impedimento a la hora de conmensurar su integración al selecto grupo de académicos (a quienes criticó abiertamente en no pocos artículos), pero fíjense si será magnificente Don Artús que aun con todo ahí estuvo aquel día, con esa barba canosa que tan bien le sienta -antes tenía pinta de pardillo, para qué engañarnos-, entrando por la puerta grande al olimpo de los maestros pluma en mano. Y sin duda que lo haría, aunque sólo fuera imaginariamente, con su barco surcando los mares en plena tormenta, viento en popa y a toda vela. Y la madre que lo parió, como él diría.