16 febrero 2006

Don Artús de Pérez y de Reverte

Don Arturo Pérez-Reverte, al que convengo llamarle así no por sus incipientes canas sino por el respeto que merece por tratarse de una de las grandes figuras literarias en España, académico, contramaestre, persona de generosa y espléndida memoria histórica, amén de haber sido durante algo más de un decenio corresponsal de variopintos conflictos bélicos. Figuras así de ensalzables quedaran pocas y surgen con cuentagotas, razón por la que se trata de una de las más admiradas del país aun siendo conocido de sobras su afán por resultar ofensivo, como así lo reconoce abiertamente en su libro de artículos Con ánimo de ofender, título que refleja con precisión buena parte de su personalidad, así como lo que una vez comentó un lector de El Semanal en una carta: “Nadie escribe así en los periódicos en España y me sorprende que se lo permitan”.

Desencantado con el mundo y con su país en general y con la raza humana y sus ministros en particular, y de corazón congelado tras haber vivido in situ varias guerras (entre ellas la habida en Sarajevo), el padre de El Capitán Alatriste tiende a despotricar a base de hirientes palabras de todo aquello que considera denunciable; y asimismo no le tiembla el pulso en momento alguno a la hora de incluir vocabulario acaso harto obsceno en sus artículos, algo que conociéndome como me conozco, diría yo que fue razón primera por que me enamoré literariamente de don Arturo. Y es que uno siempre ha estado al servicio de la idea de llamar cada cosa por su nombre. Y si un individuo se merece que lo llamen hijo de puta, así ha de ser.

De esta forma, Pérez-Reverte consigue sobradamente cumplir con el objetivo de todo articulista de opinión que se precie, que no es otro que zarandear la emoción y arraigar la reflexión de sus lectores, y no han podido ser más intensos los sentimientos con que me he encontrado leyéndole; los impulsos que he tenido de aplaudirle en mil ocasiones, y empero otras veces de sacudirle. Y por eso se me antoja tal vez, y disculpen por la osadía, como el mejor columnista habido desde el venerable Mariano José de Larra. Salvando las distancias entre ambos genios, Arturo, más allá de sobresalir en lo literario, ha dejado su inconfundible sello. Ha marcado la diferencia, se ha desmarcado de todo lo habido hasta el día de hoy. Y eso es lo que vanagloria a los más grandes.

Característica suya la de ser un malhablado, los hay que aún se preguntan cómo un tipo así de deleznable en ocasiones habrá llegado a formar parte de la Real Academia Española de la Lengua (RAE). Lógicamente esto habrá de haber sido un impedimento a la hora de conmensurar su integración al selecto grupo de académicos (a quienes criticó abiertamente en no pocos artículos), pero fíjense si será magnificente Don Artús que aun con todo ahí estuvo aquel día, con esa barba canosa que tan bien le sienta -antes tenía pinta de pardillo, para qué engañarnos-, entrando por la puerta grande al olimpo de los maestros pluma en mano. Y sin duda que lo haría, aunque sólo fuera imaginariamente, con su barco surcando los mares en plena tormenta, viento en popa y a toda vela. Y la madre que lo parió, como él diría.

1 Comments:

Blogger Ana said...

Te prometo leer más a este hombre. Has conseguido despertar en mí una curiosidad que hacía tiempo que no sentía, así que te felicito de corazón por el artículo, porque es el fin, ¿no? mover algo dentro de quienes lo leemos.

3:01 a. m.  

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