21 mayo 2006

¡Es que la Selección jugaba con cinco menos!

Siempre he sostenido la opinión de que el portero vale por cinco futbolistas: si erra un delantero "no pasa nada" (subrayo el entrecomillado), porque el resultado sigue siendo el mismo y ya habrá más ocasiones. Un delantero malo, al cabo, no es más que un mal menor. Pero si la caga un portero posiblemente al equipo le cuesta un gol. Vital figura la del arquero pues, y por eso creo que España en Corea (recuerden que nos apeó un árbitro, no una selección) y ahora en Alemania tiene con Iker un seguro de vida; el más seguro de los seguros de vida, además.

Este artículo viene a cuento de mi deseo expreso de denunciar que Zubizarreta ha sido acaso el peor portero de la historia de España. Rediós, si ya en el Mundial de Méjico hizo esto:

http://www.youtube.com/watch?v=IhyBtWdA5fk&search=Selecci%C3%B3n

Y luego no se olviden del glorioso USA' 94, cuando España contaba entre sus filas con Hierro-Nadal -la mejor pareja de centrales que un servidor haya visto en su vida-, Sergi, el gran Pep, el inmenso Caminero -que en yankilandia se salió literalmente del pellejo-, etcétera. Un equipazo de armas tomar, oigan. Más por cojones que por otra cosa, y es que cuánto hace falta en el fútbol tener dos redaños ahí bien puestos.

¿A razón de qué nos costo caer eliminados en cuartos en aquella cita? Bien, las cosas claras de antemano: Italia siempre fue una señora selección y desde entonces les tengo pánico a nuestros vecinos, y en esa selección italiana jugaban Gianluca Pagliuca, Franco Baressi, el mejor Paolo Maldini, Costacurta, el joven talento Albertini, y a la cabeza el maestro Roberto Baggio.

Mas hagamos cuenta de cómo fueron los goles: el primero sucedió a raíz de un lanzamiento lejanísimo de Dino Baggio, que le faltó un ápice para golpear el balón desde el patio de mi casa; pero al bueno de Zubi le pesaba el culo y prácticamente se desplomó en el aire en pleno salto. El jovencísimo Cañizares y un Lopetegui que se había salido en la temporada correspondiente con el mítico Logroñés observarían el bochorno desde el banquillo. Supongo que descojonándose, y con razón. El segundo gol salió de un pase que le brindó no recuerdo quién a Roberto Baggio, quien bailó a Zubi como le salió literalmente de los cojones. Abelardo no llegó a un balón que ya estaba destinado a ser gol. Y luego ese descarado codazo del hereje de Tassoti a Luis Enrique, que fue penalty como todos sabemos, y que se dio prácticamente en el último minuto del partido.

En fin, que lo digo en plata: el manta de Zubizarreta nos costó el Mundial de Estados Unidos. La furia española, tal y como denominó al combinado español la prensa extranjera a posteriori de ese campeonato, tuvo que hacer las maletas por mor de un futbolista viejo y que siempre fue irritantemente torpe bajo los palos. Eso sí, él y Clemente eran coleguillas y el amic Javier no podía dar de lado a su compadre, quien además estaba a pique de batir todas las marcas establecidas y por establecer en cuanto a número de internacionalidades.

Así que -esto ya fue el dislate con todas las letras- casi un lustro después, ni corto ni perezoso, se lo volvió a llevar a Francia. Y de nuevo Andoni titular indiscutible, sólo faltaba. Ahí, con un par. Y lo que ocurrió en el partido frente a Nigeria no hace falta siquiera recordarlo, así que permítanme pasarlo por alto porque me da náuseas tan solo recordarlo efímeramente. Y es que mi opinión sobre Clemente se mantiene intacta: lo considero un gran entrenador, pero es un cabezón de la hostia bendita (mi abuelo dixit).

Todo esto es lo que tiene contar con un buen guardameta o con un cantinflas como Zubizarreta. ¿Y saben dónde está lo más gracioso del asunto? Pues está -estaba- concretamente localizado en la propia España. Estuvo en nuestro país cuando Méjico en el 86, cuando Estado Unidos en el 94 y cuando Nigeria en el 98, aunque por entonces ya estaría retirado; pero desde luego, el inmenso Paco Buyo era mejor que Zubizarreta hasta cojo y con ochenta tacos de calendario. Y vio en televisión como su primo hacía el primo y dejaba a España a la altura del betún.