20 mayo 2006

La Feria del Libro

La otra mañana desperté y concluido el insalvable ritual diario que comienza en el baño y termina con la última cucharada de chococrispis, pasando por el periódico, decidí darme un garbeo por la Feria del Libro de Sevilla, ubicada este año en la Plaza del Triunfo. Un servidor, linense a mucha honra, no es doctor en materia de localizaciones y se me antoja harto complicado valorar si susodicho evento estaba mejor colocado antaño en Plaza Nueva; digo esto so pretexto de que algunos argumentan que allí se encontraba más expuesta al público y donde este año luce sólo favorece a los guiris y a la galería. Pues oigan, a mí me gustan las galerías. Y me fascina la Plaza del Triunfo, lugar por el cual da gusto transcurrir rodeado de árboles, de la inmensa y magna Catedral y fachadas de castillos que lo hacen a uno sentirse pasear por aquel Madrid del siglo XVIII, con tabernas por doquier, y a tímpano avizor bajo el manto de la noche oyendo acaso el resonar de las espadas de los viejos y desdichados soldados de Flandes.

Los recintos que allí había, todos y cada uno de ellos repletos de libros, estaban armoniosamente dispuestos en torno a la plaza y la ocupaban apenas sin dejar libre un ápice de terreno; y justamente en el centro se emitía, en vivo y en directo, un programa de radio, el cual dirige Olga Bertoméu. Contaba la tertulia con invitado ilustre, Juan Eslava Galán (soberbio escritor y amigo de mi admirado Pérez-Reverte), y con un par de colaboradores más a quienes desconocía; amén de con una joven escritora que -tal como la promocionaron- prometía sobremanera. Una tal Eva Pérez, quien acaso causará que me arrepienta dentro de un tiempo por no haberle pedido un autógrafo cuando tuve ocasión. Así que esperemos que no triunfe. Sí que me aventuré brío a estrecharle la mano a Eslava Galán, entre la marabunta de gente que por allí deambulaba, y al que le dije: “Déle recuerdos a Pérez-Reverte de parte mía, don Juan”. Menudo imbécil el fulano éste, me da a mí que hubo de pensar sobre mí el autor de Historia de España contada para escépticos, obra que estuve a punto de comprarme no hace mucho; y que en aquel momento lamenté no tenerla entre mis manos, para así poderle haber pedido una firmita. Llevaba encima guardado en la maleta un escueto libro de poesías de Fray Luis de León, pero a un escritor no se le debería pedir que deje su sello en un libro que no sea de cosecha suya.

La charla que vertieron los locutores de Canal Sur fue siempre amena, interesante y agradecida de escuchar, y allí me mantuve recto, en primera fila, desde que dio comienzo hasta que desconectaron los micrófonos. Abordaron numerosos temas que navegaban entre lo cotidiano de la vida, los libros, la educación, o la propia Feria del Libro que les rodeaba. Y que a mí me quedaba por degustar. Así que, sin perder un solo instante más, me levanté raudo de mi cómodo asiento y comencé a visitar cada uno de los estantes, encontrándome un poco de todo; pero todo nuevo, y no muy distante de lo que uno se puede topar entrando en El Corte Inglés. De hecho, también hizo acto de presencia el gran almacén, que contaba con su propio rinconcito entre tanta editorial modesta y desconocida. Uno de los recintos libreros que más me llamaron la atención fue, paradójicamente, uno en cuyos estantes no se visualizaba libro alguno; o, para ser más exactos, lo que no había era libros al uso, sino libros de desproporcionadas dimensiones y, ergo, de disparatado precio. Eso sí, su valor estaba plenamente justificado, ya que el director-dependiente de dicho estante tuvo la amabilidad de enseñarme pacientemente, y aun de explicarme delicadamente, el contenido que se hallaba en uno de esos colosos objetos de que disponía. Puesto sobre la mesa y una vez abierto y desnudo todavía causaba más impresión, y ya un servidor se rilaba cuando le explicaba el viejo señor que aquello que tenía ante mis ojos no venían a ser sino fiel reflejo de pergaminos históricos y verídicos, cuya verosimilitud en apariencia no llevaba al engaño. Como verbigracia les contaré que una sola hoja arrancada de cualquier libro no de los grandes, sino de los enanos –que asimismo los había-, tenía un coste de 3 euros. Aunque quien escribe estas líneas terminó tomando la drástica –y lamentable a todas luces- decisión de malgastar esas tres monedas que en mano llegué a sostener en un Kit-Kat y un Bio-Frutas para paliar el hambre que acecha a media mañana. Cosas que tiene uno, y ni siquiera uno llega a comprender.

En fin. Obvia aclarar lo alto recomendable que me resulta pasar una mañana como la que he relatado; y por tanto, lo efusivamente que aconsejaría darse un rodeo a todo el mundo por allí. Merece la pena. Aunque a la vez deberían huir de la herejía y no desdeñar la añeja Feria del Libro viejo: ahí están las verdaderas obras cumbres. Y también estará un buen amigo que allí trabaja y a quien me veo en el compromiso de promocionar. Dicho sea, tan sólo, de paso.