30 junio 2006

Cada cual tiene sus héroes

En ocasión memorable hice reir a una bella dama so pretexto de lo que voy a contarles. Fíjense que a la derecha vuestra, en blog vandalero de un servidor, se destaca entre Categorías la sección 'Héroes'. Naturalmente, mi intención es abastecerla a base de personas o personajes que han marcado mi vida y acaso me han hecho ser como soy: empezando por mi padre -al que no pienso compartir con ustedes-, y terminando por, pongamos que José Bono, el último héroe al que he decidido hacerle un hueco en mi lista; mas resultaría harto desconsiderado pasar por alto otros nombres como Ibáñez, Quino, Serrat, Joaquín Sabina, Larra o Arturo Pérez-Reverte.

Todos ellos altamente respetados y admirados por el que suscribe, pero que no le llegan ni a la altura del zapato a quien me refiero en las primeras líneas del presente escrito. Ése del que hablo es un Héroe, así, con mayúsculas. Y en realidad hay muchos como él, no se crean: hoy día están por todas partes. Es curioso.

Bueno, les cuento desde el principio. Como les decía, una noche tan maravillosa como lo son todas nos acompañaba a Noa y a mí mientras pasábamos el rato distendidamente sentados en un banco. Entonces, ocurrió que mientras un servidor disfrutaba de la dulce sonrisa de aquella gallega a la que tuve la suerte de conocer en Chiclana, se nos cruzó él, tan solemne que me hizo sentir una mierda al lado suya hasta el punto de que estuve a pique de decirle a mi acompañante vete con él, no te mereces menos.

El hombre, porque ese era un tío de los pies a la cabeza, llevaba marcha firme, no pestañeaba -y diríase que ni respiraba; ni maldita la falta que le haría- y lucía como signo inequívoco de su grandeza un dantesco colgante de oro puro. Cualquiera que lo mirara perjuraría que no pasaba de la adolescencia, un pringaíllo de no más de media torta de quince años, o sea. Pero él marchaba sobreseguro de que los tacos de calendario no sería un impedimento a la hora de gobernarnos a todos, de que todos y cada uno de nosotros estuviéramos a su merced.

En esa milésima de segundo que equivale al tiempo en que lo analicé a ojo avizor, también acordé de su flaca figura. Y me dije, hay que ver. No pesará ni 60 kilogramos y sin embargo no hay cristo que le tosa. Seguro. Quién iba osar a hacer tal cosa al insigne Señor de Dragones, denominación que le otorgué a tenor del terrorífico dragón que lucía en su brazo derecho y que impregnó en mí un temor aciago que me recorrió desagradablemente hasta la última vena de mi cuerpo.

Eso sería asunto de menor consideración, por otra parte, de no ser por lo que, en verdad, lo distinguía como un ser superior que ríete tú del soplagaitas de Florentino Pérez. Su mirada. La mirada de quien nació ya batiéndose en duelo, ha salido triunfante de mil batallas, ha conquistado cien barcos y mil cadáveres ha rematado bajo sus rodillas y su enorme polla. Ese semblante inequívoco que, paradójicamente, concordaba increíble similitud con el de un desdichado subnormal -con todos mis respetos hacia ese entrañable colectivo-, que por lo cruel del destino con su persona siempre mantienen la boca abierta y la mirada perdida.

Me desentiendo de cuál habría podido ser la razón por la que ése y otros muchos pasan de ser, en cosa de un día para otro y aún en tierna edad, un tipo normal a creerse Goku, el superguerrero más poderoso del universo. Pudiera ser el tatuaje que lucía, el cual señalaba inequívocamente su fuente de poder; asimismo, acaso se tratara del hecho de que se hubiera apuntado a un gimnasio no hacía mucho, y las pesas y los músculos y el espejo que te dice sal a la calle, tiarrón, hacen mella; y no descarto en última instancia que el gafitas de su clase sucumbiera ante su enorme poder en días recientes y le hubiera cedido amablemente 2 euros pa su bocata, y de ahí su mirada cuasi asesina. Yo maté a la cartera de aquel tonto del haba.

Y con todo, al cabo, ¿quién narices era yo para juzgarlo? Para juzgarlo a Él, vengo a referirme. Empero, caí irreversiblemente al tejido de sus redes rebosantes de magnificencia, y así le confesé a mi fémina de aquella noche: "Mira, ese que va para allá, es mi héroe. Oye, cada cual tiene los suyos; unos a Superman, otros a Spiderman, los hay que prefieren a Batman... pero yo lo tengo claro: me quedo con el Señor de Dragones, que acaba de pasar por delante nuestra". Aún me pregunto el porqué de que Noa se rilara de risa antes de darme un abrazo.